miércoles, 30 de mayo de 2012

NO CONSIGO DORMIR

Salió el sol después de un montón de días grises. El sol me vivifica, tal vez por eso lo extraño y me cuesta dormir; entonces recuerdo este relato.



En El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano, está este pequeño relato titulado "La noche". El relato está dividido en cuatro partes y sirvió de inspiración a Serrat para su canción "Secreta mujer" que formó parte del álbum Sombras de la China (1998):

LA NOCHE / 1

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

LA NOCHE / 2

Arránqueme, Señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.
LA NOCHE / 3

Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.
LA NOCHE / 4

Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.
En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna.
La luna tiene dos noches de edad.
Yo, una.

jueves, 27 de octubre de 2011

VIENTO DEL SUR

Por Jorge Coscia Secretario de Cultura de la Nación.
La historia
(mujer al fin)
vive sorprendiendo
con sus reiteraciones, estupores o promesas.
Reiteraciones de dramas renacidos en comedia
alteraciones de volcán que no se entrega
a la muerte de su magma.
O la sorpresa de volver a ver
el espectáculo infrecuente
de una esperanza que inesperada regresa
cuando todo se arrima al extravío.

De esas caprichosas recurrencias
elijo la última
para recordarte.
Y me pregunto si es recuerdo la vigencia
de lo que no te llevaste.
El más pertinaz de tus principios
lo que no dejaste afuera de esa casa
en la que el rosa
ha sido la menor ambigüedad de su existencia.

No he sido tu amigo
para llamarte flaco
ni Lupo
o el cariñoso “pingüino”
que pertenece a todos y por eso
en trato personal no es de ninguno.

Incluso el Néstor me ha resultado atrevido
al nombrarte las veces
que me acerqué a tu estampa
de joven indeleble.
Tu quijotesca estampa
de domador de molinos y canallas
que en ropas de uniforme, de banqueros o de jueces
se interpusieron en vano con sus aspas
para intentar revertir tu carga
de viento patagónico.

Pero vos reinventaste la palabra
diste sentido al sentido de nombrarte
y de nombrarnos:
Compañeros
Compañeras
recuperando incluso esa palabra
perdida en los heroicos dolores de parto aquel octubre
y de heroísmo y de muerte en los setenta.
Y en esa reinvención está el sentido más amplio
y el más íntimo
de lo que nos dejaste
y nos quitaste en tu partida.
Nos cambiaste un compañero
el mejor
por los miles que lloraron tu nombre
y hoy sonríen al nombrarte.
No con bautizos de calles, torneos o locales
sino con el grito persistente
de quienes se proclaman tus soldados
con la alegría de serlo
para la paz
que sembraron tus conflictos.

Tu metralla de verdades relativas
tus broncas con la injusticia
tu desdén por los soberbios de siempre
que mandaste “ALCArajo”
con esa clase que solo tienen
los que descuidan su saco
para abotonar la Patria
al ojal de su destino.

No es la primera partida
que ha llorado tu pueblo
pero la muerte ha sido ausencia tantas veces
que no puede evitarse la sorpresa
(la más grande de todas de esa mujer que es la historia)
de encontrarle un sentido.

Estuvo en las calles
aquella primavera lluviosa
de octubre
en que volviste bajo la lluvia a tu sur
y a tus vientos.
Estuvo en el amor de los miles
que gritaron tu nombre y el de ella
consagrando como en aquellos setenta
de una manera valiente y dolorosa
el amor que los uniera.
Estuvo también en el odio
de los que alzaron en vano su venenosa copa
para beberla poco menos de un años después
con el amargo sabor de su derrota.

Y estará por siempre
entre los que allá donde estás
y todos estaremos
no callaron ni con bombas
fusilamientos ni derrotas.
Y está
(porque en vos estuvo)
en la fuerza de ese viento del sur
que cada día te nombra
refrescando justicias y memoria.

Pero por sobre todo
está de pie
en quien
depositaste hace tiempo la palabra compañera
y hoy nos anima 
no solo en la victoria
que debe conquistarse cada día
sino en la persistencia de su lucha 
con nombre de mujer
como la historia.

Jorge Coscia
26 de octubre de 2011

martes, 4 de octubre de 2011

La indignación se transladó a Liberty Plaza

(Página 12, 4-10-11) Por: Michael Moore

Nueva York tiene ocho millones de habitantes; un millón vive en la pobreza. Es una vergüenza. Y, sin embargo, el sistema no se detiene aquí. No importa cuánta vergüenza podamos sentir; la maquinaria va hacia adelante, para hacer más dinero. Nuevas maneras de trampear con las jubilaciones; de robar aún más. Pero algo está sucediendo en Liberty Plaza.
Estuve en Liberty Plaza para realizar un par de notas. Y volveré. ¿Sabías? Están haciendo un gran trabajo ahí. Y están recibiendo aún más apoyo. La otra noche, el sindicato de empleados de transportes –los conductores de ómnibus, los conductores de la metropolitana– votaron con entusiasmo para sostener la protesta. Hace tres días, 700 pilotos de línea –sobre todo de United y Continental– marcharon por Wall Street. No sé si hubo alguna forma de ver esto en televisión. Sé cómo estuvo la cobertura aquí; se mostró a unos pocos hippies que tocaban sus tambores –las cosas típicas que buscan los diarios–. Por favor: ¡que Dios bendiga a los hippies que tocan sus tambores! Pero es la razón por la que “ellos” quieren que se vea sólo esto. Y ahora yo les digo lo que vi en aquella plaza. Vi jóvenes, vi ancianos, vi gente de todo tipo y de todos los colores y todas la religiones. Vi también a la gente que vota por Ron Paul (el candidato presidencial ultraconservador que quiere abolir el Banco Central). Quiero decir, era un grupo de gente de todo tipo. Estaban los enfermeros en esa plaza. Estaban los maestros en esa plaza. Gente de todo tipo.
Hoy martes habrá una nueva manifestación: también los conductores de ómnibus y de la metropolitana marcharán por Wall Street. Yo escuché decir que la UAW (el sindicato de los obreros del automóvil) está pensando en algo parecido. Piensen, su peor pesadilla se convierte en realidad. ¡Los hippies y los obreros del automóvil que marchan juntos! La gente entendió. Y toda esta historia sobre las divisiones internas y esto y lo otro: a la gente no le importa más. Porque esta vez se trata de sus propios hijos que corren el riesgo de no poder ir más a la escuela. Esta vez se corre el riesgo de quedarse sin techo. Esto es lo que en verdad está en juego.
Pero lo que me parece más extraño y bizarro, de los ricos, es cómo habían decidido excederse tanto. Quiero decir: les iba todo muy bien. No, para ellos no era bastante. Por los nuevos ricos no era bastante. Los nuevos ricos que no hicieron su fortuna gracias a una buena idea. Ni a un invento. Ni con su sudor. Ni con su trabajo. Los nuevos ricos que se enriquecieron con el dinero de los otros; con el que jugaron como si fuesen al casino. Dinero más dinero. Y ahora nos encontramos con una generación de jóvenes para los que los héroes a los que emular son aquellos de los canales de televisión de negocios: aquellos que se enriquecieron haciendo dinero sobre aquellos que hacen dinero.
Pero, ¿cuánta necesidad tendremos de jóvenes que se pongan a trabajar para salvar a este planeta? Para encontrar la cura a todos estos males. Para encontrar una manera de llevar agua y servicios higiénicos a los millares de personas sobre esta tierra que no los tienen.
Esto es lo que querría. Que en lugar de que las 400 personas más ricas de este país tengan más riqueza, sean los 150 millones de estadounidenses todos juntos los que estén mejor. Dirán, es una de esas cifras que Michael Moore tira por ahí. Pero es una estadística cierta: verificada por Forbes y por PolitiFact. ¡Las 400 personas más ricas de este país, son más ricos que los 150 millones todos juntos! Pero esto no se puede llamar democracia. La democracia implica una suerte de igualdad: yo no digo que cada pedazo de la torta debe ser de la misma medida, pero ¿no nos fuimos mucho más allá?
Ahora está esta buena noticia. Porque hasta que alguno desafíe a nuestra democracia –mientras que la Constitución se mantenga intacta–, querrá decir que cada uno de nosotros tendrá el mismo derecho de voto que los señores de Wall Street: un voto por persona. Y ellos podrán comprar todos los candidatos que quieran; pero su mano guiará a nuestra mano cuando estemos en el cuarto oscuro. El mensaje de gritar fuerte es hacer llegar a los millones de personas que se dieron por vencidas –o que fueron convencidas por ignorancia–. Lograremos hacer llegar nuestro mensaje que para aquellos 400 será la peor de las pesadillas. Porque lo único que saben hacer bien son las cuentas. Nosotros somos muchos más que ellos. Depende sólo de nosotros. Basta de despertarse a la mañana y decir “Ok”. Ahora basta. Decidí involucrarme. Esta ahora es nuestra misión, involucrarnos. Por eso les digo: apoyen la protesta de Liberty Plaza.
* Durante la presentación del último libro de Moore en ST. Mark’s Bookstore.
Traducción: Celita Doyhambéhère.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Bellísimo relato de Juan Forn

Mariposa negra

(Página 12, 30-9-11)



Hace diez años conocí a una mujer que debía estar muerta según los cánones de la medicina. Tenía cuarenta, la misma edad que yo, cuando la conocí. A los veintiocho le habían descubierto por puro azar que la absurda cantidad y variedad de enfermedades que había sufrido desde su infancia eran en realidad una sola: una maldición llamada lupus, que en la jerga médica se conoce como “mariposa negra”, porque el menor aleteo que dé en cualquier rincón del cuerpo que la alberga puede generar una catástrofe en el resto de ese organismo. Hasta entonces, los médicos le habían tratado por separado todas las flaquezas de su sistema inmunológico, porque aparecían en momentos distintos, con períodos considerables de normalidad en el medio. Pero a los veintiocho, un chequeo de rutina desembocó en una batería interminable de análisis y el diagnóstico final (lupus sistémico) explicó retroactivamente cada uno de aquellos síntomas y comenzaron a tratarla en consecuencia, con muy pocas esperanzas.
En los doce años siguientes había perdido un riñón, después parte del útero, más tarde se le secaron los conductos lagrimales (“Sí, no puedo llorar; hace ya tres años de eso, al final te acostumbrás”) y en cualquier momento podía sobrevenirle una septicemia, un aneurisma o un episodio cardíaco, me contó la noche en que la conocí. Según los parámetros médicos, era una incongruencia en movimiento. La reacción de su organismo al lupus era tan infrecuente que la tomaron como caso testigo y llevaba desde entonces más de diez años yendo una vez por mes a la Academia de Medicina para que los especialistas intentaran decular qué era lo que la mantenía entre nosotros.
Bastaba tener delante a esa mujer para sentir que estaba viva de una manera que uno jamás había visto. Era como si estuviese enferma de vida. Y contagiara a quien tuviera enfrente. No hay mujer hermosa que no tenga conciencia de su belleza, pero hay algunas pocas, poquísimas, que eligen no ofrecer esa información al público: la conservan para una segunda instancia de intimidad. Son mágicas, desde el momento en que dejan de ser invisibles. Hasta que reparamos en ellas parecen hechas para no llamar la atención, para que las sorteemos inadvertidamente en nuestro camino. Y, de golpe, no podemos parar de mirarlas, no queremos otra cosa que tocarlas, sólo nos importa mantenernos a su lado el tiempo que nos sea posible.
Había algo entre ella y la vida que era hipnótico. Como esos cantos rodados que el mar deposita en la playa, esas pequeñas piedras sometidas durante quién sabe cuánto tiempo a la abrasión marina, hasta que su forma, su textura, su color (es decir, la suma de su hermosura) es efecto de ese desgaste; así era ella. Esa sensación producía: todo lo hermoso en ella había sido tallado por la enfermedad, por su resistencia a esa enfermedad. Y uno sentía que iba a ser cada día iba más hermosa, hasta el último. A su lado, el desgaste de la vida no roía: pulía. A su lado no había lugar para el miedo.
En su Diario, Gombrowicz escribe, después de leer un libro de Simone Weil: “Contemplo a esta mujer con estupor, y me pregunto de qué manera, por qué magia logró el ajuste interior que le permitió enfrentarse con lo que a mí me destroza. Y me encuentro con ella en una casa vacía, por así decirlo, en un momento en que tan difícil me es huir de mí mismo”. Quiero decir que, cuando la conocí, yo era una piltrafa. Venía de zafar por mero azar de un coma pancreático. Técnicamente hablando era un sobreviviente, pero me sentía de manteca. La orden médica era que tenía que limitarme a vivir de manera literalmente opuesta a la que había vivido hasta entonces (es decir, aprender a parar antes de sentir el cansancio; no dejarme llevar nunca; y lo único que yo sabía hacer era dejarme llevar: por los pálpitos, por la adrenalina, por la prepotencia de la voluntad, por el equívoco candor de creerme inmune o al menos lejísimo de la muerte). Mi interpretación de esa maldita consigna médica era una catástrofe: para decirlo mal y pronto, tenía tanto miedo a morirme como a vivir. Eran casi una sola cosa, y eran mucho más que una sola cosa. Recién cuando uno puede separarlas empieza a volver, fui entendiendo con el tiempo, y no voy a abundar en el tema por razones supersticiosas muy profundas. No se habla de eso sin volver ahí.
Lo cierto es que, hasta el momento en que ella me dirigió la palabra, yo no la había registrado siquiera. Podría alegar que en mi estado de entonces no estaba precisamente para andar mirando minas. Pero no sería cierto: incluso entubado en la sala de terapia intensiva del hospital había sentido esa reverberación tan familiar en cuanto se acercaba a mi cama una enfermera mínimamente atractiva. Pero con ella fue otra cosa. Hay algo peor que nos digan cobarde: que tengan razón. Y la noche en que la conocí ella se acercó porque me olió el miedo. Hay una hermandad de los enfermos, una hermandad de la desgracia, y desde que pasé por ese trance yo creo fervientemente en ella. A veces nos toca dar, a veces nos toca recibir, en esa hermandad. Y aquella noche yo tuve la suerte de que esa mujer me contara su historia. Nunca más nos volvimos a ver. Muy de tanto en tanto recibo un mail de ella y me llena de dicha poder decir que sigue viva, tantos años después: viva como sólo ella sabe estar viva. Pero no hemos vuelto a vernos, y dudo que lo hagamos. Ella vive en un mundo y yo en otro. Como me dijo aquella noche: “Con escribirlo te lo vas a sacar de adentro; lo tuyo se reduce a eso. Yo, mi niño, estoy en otra película, función continua”.
Estuve años penando, pero escribí ese libro y ella fue el comodín que me dio la clave, y terminó siendo el personaje central y el sostén emocional de todo lo que pude decir. Por haberla conocido pude escribir ese libro y por escribir ese libro pude desembocar en el que soy. Cuando lo terminé, pensé llamarlo La mala sangre, porque de eso trataba: de mi familia, de mi enfermedad (bilis significa “mala sangre” en griego, el páncreas es el que se encarga de que la bilis no envenene nuestro organismo), de los secretos familiares que envenenan a las familias. Pero después entendí que en toda familia hay también un talismán que las salva, y ella es mi talismán y mi familia, y supe que el libro debía llevar su nombre, el que le puse para hacerla sangre de mi sangre, el que sigo usando para convocarla en momentos de zozobra: María Domecq, María Domecq, María Domecq.

lunes, 26 de septiembre de 2011

¿Libertad de expresión?

A través de un comunicado suscrito por las productoras Oruga Cine y Tostaki se anunció que El pacto”no saldrá al aire desde mañana a las 23 y que "las presiones están obligando a redefinir el proyecto y parte de la historia, generando de esta manera un producto que no es el elegido originalmente".

En el texto difundido este mediodía, se señaló que "estamos convencidos que esta decisión nos obliga a redoblar los esfuerzos y seguir trabajando para que pronto podamos ver la historia que verdaderamente queremos contar".

"Vamos a seguir comprometidos -se aseguró- para construir una televisión democrática, plural y libre, y para que todos los técnicos, actores, productores y artistas podamos trabajar sin miedo y en libertad".

La ficción dirigida por Pablo Fischerman, consta de un elenco integrado, entre otros, por Cecilia Roth, Federico Luppi, Cristina Banegas y Luis Ziembrowski.

El programa forma parte de una serie de ficciones impulsadas a través de los concursos del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) que desde esta noche poblarán la pantalla de América.

Los otros ciclos previstos para emitirse siempre a las 23 son Maltratadas”(hoy), Historias de la primera vez (mañana, en lugar de El pacto) y Vindica (el jueves)
(www.diarioregistrado.com.ar)

sábado, 17 de septiembre de 2011

Premio para docentes

El próximo miércoles 21 de septiembre, el Ministro de Educación Alberto Sileoni presentará el Premio Vivalectura 2012. El preseidente del jurado será Juan Sasturain y se premiarán las experiencias docentes en cuanto a la promoción del hábito de la lectura. Los responsables del premio son: la Organización de Estados Iberoamericanos, la Funsación Santillana, con apoyo de la cartera educativa nacional y se presentará a las 14.45 horas en el salón Leopoldo Marechal del ministerio.
Alumnos y profesores de escuelas de la ciudad presenciarán el estreno de una obra de teatro.

Más info en www.premiovivalectura.org.ar